Entre una acera y otra… I Parte

Volviendo con las entradas pendientes mientras termino las de fin de año…

“Han pasado 14 años de este Gobierno.  Una Revolución a medias que como siempre dije se desdibujaba a medida que los panfletarios y traidores ocupaban más espacio.  Sin embargo hoy se que es más sencillo criticar los errores que profundizar en los aciertos y trabajar en función de que estos se multipliquen.

Mientras yo me centraba en la crítica, a la par, iba creciendo una Revolución que yo no lograba advertir, una Revolución que parecía más bien un torbellino de sucesos, que en un país polarizado lo bueno y lo malo dependía de la acera dónde estabas. 

Desde mi acera grandes desaciertos le endose a este proceso, imperdonable el hecho de no haber abordado con la contundencia debida males estructurales heredados y que debieron asumirse como prioridad absoluta en nombre de la Revolución.  Una Revolución de la que esperaba lograra desmontar esas estructuras de estado viciadas y ahogadas en desidia y corrupción, una Revolución de la que esperaba naciera no un Hombre Nuevo, sino una Sociedad Nueva que dejara atrás esa cultura de antivalores que tanto daño nos había hecho pero que además se iba consolidando como una bomba de tiempo. Esa era la Revolución que yo esperaba, la que quise ver durante el primer quinquenio, esa en la que terminé perdiendo rápidamente la fe al ver que se ahogaba en una confrontación, que quizás entonces ingenuamente, creía estéril pero peligrosa.

El lenguaje incendiario de aquel hombre que en el 92 despertó en mi esa irreverencia adormecida no era el mismo lenguaje que esperaba de ese a quien había elegido como “mi presidente” en el 98, esa eterna confrontación entre venezolanos que se hacían parte de sus discursos me llenaron de mucha decepción porque no entendía como el hombre que había despertado a todo un pueblo para engrandecerlo ahora se afanaba tanto en dividirlo.

Pero ya no era solo el presidente el que me decepcionaba, era también su entorno, sus seguidores.  Un entorno fariseo y traidor, esos que se ponían camisa roja pero que a lo interno no hacían el trabajo revolucionario.  Así perdí la fe en una Revolución que creí estancada, pero que además pensé que no sería capaz de levantarse y retomar el sendero de la verdadera transformación.

Convencida estaba de que esa Revolución que pregonaban a los cuatro vientos se había perdido en frases panfletarias tal y como lo había advertido Lenin, pero que además había sucumbido a los peores pecados que tanto advirtió el Che en una Revolución, contemporizaba con quienes sabia traidores y corruptos en función de una unidad incomprendida.  Mientras la cultura de antivalores se fortalecía de manera inadvertida, los vicios de la cultura cuarto republicana parecían más bien enquistarse en lugar de ser erradicados.

Así, me hice critica de esta realidad que además se afianzaba en la profunda decepción, en ese total desencanto que me producía ver tantos errores, que uno tras otro solo reafirmaban mi profundo rechazo hacia el Presidente, su Gobierno y sus seguidores.  Así pase el primer decenio de este Gobierno, sin poder entender que era lo que realmente había pasado, si había sido muy ingenua en el 98 de creer en quien no debía o peor, si ese en quien creí terminó olvidando lo que fue antes del 98.

Pero el desencanto y la decepción de pronto se fue convirtiendo en una especie de odio visceral, ese odio que terminé adoptando como inspiración para luchar contra este Gobierno.  Durante unos meses me convertí en la “escuálida disociada” de la que tanto hacia referencia el presidente, esa que solo veía los errores del Gobierno, esa que no veía mas allá de su propia acera. Esa que estaba convencida de que íbamos directo a un precipicio y peor que terminaríamos encerrados en la peor dictadura de nuestra historia, convencida de que esta “pseudo revolución fracasada” llegaría a un nivel tan bajo que sería imposible resurgir de sus propias cenizas. Pero además en ese proceso de disociación termine poniendo un cerco a mi propia visión de la realidad. Cerco que no me permitió comprender que como todo proceso, los resultados no son inmediatos y que solo después de un tiempo y gran esfuerzo termina decantando.  El mismo cerco que mi impidió ver y reconocer a los verdaderos revolucionarios que sin mucho alarde pero con profunda convicción deban el alma por su proceso.  Ese cerco que muchas veces me desvió la mirada hacia los errores y que solo esporádicamente me permitía ver sus aciertos….el mismo cerco que excerbaba mi critica hacia el gobierno mientras sigilosamente callaba la autocritica en mi propio entorno..un cerco que yo misma permiti que se erigiera frente a mi y me marcara la pauta…”

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